Quien jamás haya usado una tableta, celular o televisor para distraer a un niño en un momento de presión, que tire la primera piedra. La escena se repite una y otra vez en restaurantes, reuniones sociales y en las casas. Estos aparatos hacen parte de la vida diaria, a tal punto que es muy común ver que un celular se ha convertido en el nuevo sonajero de los bebés. 

Lo paradójico es que mientras los papás se preguntan si ese comportamiento es bueno o malo, muchos de ellos no pueden pasar más de una hora sin revisar sus celulares. Entonces ¿cómo esperar que los niños tengan conductas diferentes? ¿Los padres deberían culparse a sí mismos por servirse de la tecnología cada vez que necesitan un respiro? El problema real, según Anya Kamenetz, periodista experta en educación de National Public Radio en Estados Unidos y autora del nuevo libro El arte del tiempo en pantalla, es que los nuevos padres han tenido que enfrentar la avalancha de la tecnología “un poco solos”. 

Parte de esa soledad procede de la falta de evidencia científica acerca de qué tan perjudicial es la tecnología para los niños. Si bien puede existir correlación entre las horas de videojuegos y la estimulación de la violencia, o entre la luz de las pantallas y la pérdida de sueño, nadie ha podido comprobar que se trate de una regla. “No todos sufren los mismos efectos negativos”, explica Kamenetz en su programa radial. Pero por eso mismo, agrega, los padres no pueden dejar el tema a la suerte. Naomi Schaefer R. coincide con esta postura en su libro Be the parent, please, que también aborda el tema. Esta periodista y escritora asegura que los padres ya no ejercen su papel porque olvidaron los principios básicos de la crianza ante la avalancha de la tecnología. “No saben decir no y cómo mantener su posición. Pero no tienen toda la culpa. El impulso para dar a nuestros hijos acceso a la tecnología proviene de los colegios, las compañías tecnológicas y de toda la cultura”, explica a SEMANA. 

Hoy los padres tienen más tiempo libre para pasar con sus hijos, pero curiosamente ellos están más solos que nunca debido a que los adultos viven conectados a estos aparatos digitales. Schaefer cita en su libro un estudio hecho por Jenny Radesky, pediatra del Hospital Infantil C. Mott en Michigan, en el que observó la interacción de padres e hijos en restaurantes de comida rápida y notó que estos estaban más distraídos en sus teléfonos e interactuaban menos con ellos. Cuando analizó a las madres que alimentaban a sus bebés en estos lugares, vio que preferían revisar sus móviles a hablar con ellos. La pediatra se pregunta si esta interacción con los dispositivos cambia la relación entre padres e hijos o si el aparato sirve de excusa para entretenerse en una actividad considerada tediosa por la mayoría. 

Aunque criar hijos nunca ha sido fácil, las autoras aceptan que hoy puede ser más frustrante que nunca porque los niños hoy van a todas partes con sus padres. “No es de extrañar que en nuestra desesperación por encontrar maneras de entretenerlos y mantenerlos en silencio en estos sitios, hayamos recurrido a darles teléfonos”. 

Para Diana María Gavassa, directora de la Academia Co-lombiana de Pediatría y Pue-ricultura, el consumo digital en niños y adultos en el país va en aumento y los padres no están creando estrategias para usar estos aparatos positivamente. “La tecnología puede ser buena o mala. La clave está en las expectativas o límites que pongan los padres”. En efecto, Schaefer cita el estudio de Rachel Barr, experta de la Universidad de Georgetown, que descubrió que la presencia de un padre puede más que duplicar las posibilidades de que un niño aprenda por medio de una pantalla táctil. También observó que un padre cálido, receptivo, sensible y que usa un lenguaje claro “puede aumentar aún más esa probabilidad”, señala. En otras palabras, al igual que los beneficios de la televisión educativa se ven más con la presencia de un adulto, lo mismo ocurre con las pantallas táctiles. Pero esto no sucede en la vida real. “La mayoría de los adultos no se sientan en el sofá con sus hijos para ver el programa de Daniel Tiger (un dibujo animado canadiense), ni usan las pantallas para interactuar con ellos”, acota Schaefer. 

Las autoras concluyen que ante la falta de estrategias solo queda observar de cerca el comportamiento de los niños en las redes. Kamenetz, por ejemplo, propone una estrategia muy simple: que los padres manejen las pantallas como los alimentos. “Hay que disfrutarlos, pero no consumirlos demasiado”. Agrega que siempre que los niños estén expuestos a esos aparatos deberían tener la compañía de adultos. Schaefer advierte que así como los padres deben enseñar a los niños a comer, a dormir o a hacer ejercicio, “también los adultos deberían modelar los hábitos tecnológicos de sus hijos”. 

Schaefer aconseja a los padres prepararse para afrontar múltiples problemas. “Deben estar dispuestos a tener una conversación muy explícita sobre pornografía y ‘sexting’, y comprometerse a pasar mucho tiempo monitoreándolos”. En otras palabras, “deben empezar a ser mejores padres”. 

Bueno es culantro…

Diana María Gavassa, directora de la Academia Colombiana de Pediatría y Puericultura (ACPP), recomienda estos 10 pasos para lograr un equilibrio familiar con la tecnología:

1 Cada familia debe crear su propio plan de consumo mediático. Es decir, definir qué tipo de contenido verá el niño, cuánto tiempo y en qué momento del día.

2 Acompañarlos. Está comprobado que supervisar la actividad de los hijos en internet aumenta las probabilidades de aprendizaje y reduce los peligros en la red.

3 Establecer tiempos de inactividad. Hay que motivar a los niños a generar otras rutinas que les permitan estar desconectados. Por ejemplo, a través de los deportes. Eso es fundamental para desarrollar relaciones interpersonales.

4 “Las familias que juegan juntas aprenden juntas”. Por eso, según Gavassa, es importante que toda la familia participe activamente con el niño en las plataformas digitales. 

5 dar ejemplo con su comportamiento digital. Las normas de crianza se deben aplicar también a los medios digitales Aunque pueda parecer obvio, los niños deben tener conciencia de la importancia de mantener la amabilidad y los buenos modales en las pantallas. 

6 crear zonas libres de pantallas. Además de crear un tiempo de inactividad, es importante favorecer espacios sin tecnología para fomentar la interacción real. La hora de la comida puede ser el ámbito perfecto. 

7 No utilizar la tecnología como un pacificador emocional. Entregar una pantalla a un niño cuando hace pataleta puede ser eficaz, pero no es una forma constructiva de enseñarle a controlar sus emociones, adaptarse al entorno y manejar su frustración. Hay que encontrar otras estrategias. 

8 La tecnología no es un monstruo. La ACPP asegura que los medios digitales pueden ayudar a explorar y descubrir nuevas cosas a un niño. Hay que darles tiempo para hacerlo y mantener una comunicación abierta para que hagan preguntas con libertad. 

9 Los niños siempre serán niños. Lo más probable es que cometan errores al usar la tecnología. Van a realizar indiscreciones, enviar y recibir imágenes inadecuadas. Por eso, es importante estar atentos a los comportamientos y si es necesario conseguir apoyo. 

10 Sacar las pantallas de la habitación de los niños. La ACPP no recomienda tener tecnología donde duermen ni en el cuarto de los adultos, pues podría afectar el sueño y tener consecuencias a largo plazo en su comportamiento. 

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